Por Leo Lettieri para Monte al Día
En el peronismo, el orden siempre fue sinónimo de verticalismo; la anarquía actual, por ende, delata una crisis terminal de autoridad. Si el calendario electoral se precipitara de golpe, el movimiento se enfrentaría a su propia radiografía: un duelo de primarias entre Axel Kicillof y Sergio Massa. No se trata solo de nombres propios con alto conocimiento nacional, sino de dos respuestas antagónicas al vacío de liderazgo que dejó la experiencia trunca del Frente de Todos.
Fin de las PASO: el Gobierno aprieta a los gobernadores y pone en juego las alianzas para 2027
Hoy, el consenso mayoritario dentro de Unión por la Patria no apunta a una lista de unidad digitada desde un despacho, sino a unas PASO descarnadas. “Tenemos que resolver una conducción para no repetir nuestros propios errores en el Frente de Todos“, admite un influyente diputado nacional del bloque. En las filas del peronismo empieza a primar una convicción: la legitimidad de origen ya no se hereda; debe ganarse en las urnas para evitar otro presidente condicionado.

Kicillof.
La estrategia del gobernador bonaerense abandonó las ambigüedades. Kicillof decidió no someterse a la tutela del Instituto Patria, resistir los embates del fuego amigo y construir musculatura propia a escala federal a través del Movimiento Derecho al Futuro (MDF).
El lanzamiento nacional de esta fuerza en la sede de Villa Domínico de la UTN —en Avellaneda y de la mano de Jorge Ferraresi— encierra una carga simbólica pesada: es la ocupación de un territorio históricamente ligado a la liturgia kirchnerista para exhibir autonomía. Kicillof dilata el anuncio formal de su candidatura, convencido de que el paso del tiempo desgasta la capacidad de veto de sus críticos internos y consolida su volumen provincial.

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Esa emancipación es leída como una afrenta imperdonable en el núcleo duro que rodea a Máximo Kirchner. En La Cámpora le reprochan “ingratitud” a quien consideran una creación política exclusiva de Cristina Kirchner, llegando incluso a reprocharle una distancia calculada frente a la detención de la exmandataria: “Él debería darse cuenta que es un invento de Cristina. Ni siquiera la fue a visitar a San José […]. Lo único que le importa es su proyecto personal”, acusan desde los despachos camporistas.
Frente al avance de Kicillof, el kirchnerismo ensaya una pinza táctica. En primer lugar, agitar el operativo “Cristina candidata“, un planteo jurídicamente inviable y de difícil digestión pública con una condena firme, pero indispensable para retener centralidad y forzar al kicillofismo a sentarse a negociar bajo sus términos. Y, en segundo lugar, rehabilitar la figura de Sergio Massa como contrapeso electoral.

Imagen creada con IA.
La paradoja discursiva es elocuente. En el relato camporista, la distancia de Kicillof califica como deslealtad inadmisible, mientras que la ruptura histórica de Massa en 2013 y 2015 —clave para la victoria de Mauricio Macri— es resignificada hoy como “coraje político” por haber enfrentado el poder de turno y puesto el cuerpo en 2023.
Massa, atento a las oscilaciones del tablero y al desgaste de la gestión libertaria, abandonó el silencio. Con su habitual despliegue mediático y territorial —como evidenció en el reciente homenaje a José Manuel de la Sota junto a gobernadores e intendentes—, el líder del Frente Renovador volvió a colocarse en el centro de la escena.
La física criolla del peronismo: entre el milagro de la unidad y el fantasma de la fractura
En el entorno de Kicillof desestiman la maniobra: consideran que la postulación presidencial de Massa es un artilugio impulsado por La Cámpora ante la falta de un candidato propio con proyección real, y sugieren que el tigrense promete candidaturas distintas según el interlocutor para maximizar su poder de regateo.
El peronismo ingresa así en una paritaria política extendida. Detrás de las acusaciones de traición y las demostraciones de fuerza, asoma una disputa de fondo: si el futuro del espacio se definirá por la emancipación territorial de un gobernador que busca conducir sin tutelas, o por la capacidad de veto de una conducción histórica que se resiste a perder la lapicera.

















