Por Redacción Monte al Día
El anuncio recurrente de los servicios meteorológicos advirtiendo sobre la consolidación de un nuevo evento “El Niño“, despierta en Monte algo más que una simple cautela ante los pronósticos: reactiva la memoria colectiva.
Para los montenses que peinan canas, cada vez que el calendario anuncia meses de precipitaciones por encima de lo normal, una fecha resuena casi de manera automática: 1985. Aquel año, el fenómeno Niño más devastador del siglo XX en el Cono Sur convirtió a la cuenca del río Salado en un mar interior, y a Monte, en una postal dramática de terraplenes improvisados, evacuados, agua desbordada sobre la costanera y campos enteros convertidos en lagunas interminables.
A más de cuatro décadas de aquella bisagra ambiental y social, la pregunta se vuelve obligada: ¿está San Miguel del Monte parado frente al mismo riesgo, o la geografía y la infraestructura del distrito cambiaron para siempre?
El Niño de 1983/1985 rompió récords globales. En la provincia de Buenos Aires, el agua no llegó solo desde el cielo en temporales puntuales: brotó del suelo. Las lluvias persistentes saturaron la cuenca deprimida del Salado e hicieron colapsar el sistema de lagunas encadenadas.
En Monte, la laguna desbordó sus límites naturales con una furia inusitada. Casas ribereñas anegadas, quintas y establecimientos lecheros totalmente aislados, rutas cortadas y un pueblo entero que debió unirse para levantar bolsas de arena día y noche para frenar el avance del agua sobre el casco urbano. En aquella época, la gestión hídrica dependía casi exclusivamente de la resistencia civil y de obras rudimentarias; las compuertas y aliviadores eran insuficientes o inexistentes, y el tiempo de escurrimiento de la masa líquida era exasperadamente lento.
Comparar el escenario actual con el de principios de los 80 exige mirar tanto las defensas ganadas como las nuevas vulnerabilidades generadas por el propio crecimiento del partido.
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A diferencia de 1985, el sistema lagunar de San Miguel del Monte —integrado a la cuenca de los arroyos Totoral y San Miguel, y al curso mayor del Salado— cuenta hoy con obras de regulación, compuertas operables y canalizaciones secundarias que en aquel entonces no existían o estaban en estado precario. El plan integral de dragado de la cuenca del Salado (que a lo largo de los años avanzó en distintas etapas provinciales) modificó los perfiles de evacuación aguas abajo, permitiendo que, ante un desborde, el escurrimiento tenga mayores vías de alivio que las de cuatro décadas atrás.
Sin embargo, el mapa de Monte no es el mismo. En 1985, Monte era una comunidad mucho más concentrada y con extensos cinturones de quintas y pastizales que actuaban como esponjas naturales de absorción. Hoy, el distrito ha experimentado un notable crecimiento inmobiliario, con la proliferación de barrios cerrados, loteos y nuevas urbanizaciones, muchas de ellas erigidas en cercanías de zonas bajas o bordes de cuenca.
La sustitución de suelo permeable por asfalto, techos y hormigón genera un escurrimiento superficial mucho más rápido: el agua de lluvia ya no se absorbe con la misma lentitud que antes, sino que viaja velozmente hacia los desagües pluviales y la ribera de la laguna, sobrecargando los canales locales en cuestión de minutos ante tormentas intensas.

El regreso de El Niño trae consigo la certeza de que la naturaleza siempre reclama su cauce. La laguna de Monte, corazón turístico y pulmón verde de nuestra comunidad, demuestra en cada ciclo húmedo que no es una postal estática, sino un ecosistema vivo y dinámico.
Si bien la infraestructura actual ofrece herramientas de manejo impensadas en 1985, el cambio climático y la ocupación del territorio imponen una vigilancia estricta. Mantener limpios los canales, respetar las cotas naturales de no edificación y articular el manejo de las compuertas de forma técnica y responsable serán, una vez más, las claves para que la lluvia no sea sinónimo de zozobra, sino un fenómeno natural administrable para toda la comunidad montense.

















