Redacción de Monte al Día
Las carnicerías argentinas atraviesan una de las crisis más severas de las últimas décadas. En un contexto marcado por la pérdida del poder adquisitivo de los consumidores, los comerciantes adoptaron una estrategia de supervivencia extrema: resignar incrementos en los mostradores pese al alza constante de sus costos de estructura.
Un relevamiento realizado por este medio reveló que las ventas cayeron un 40% interanual en volumen de kilos, aun con la implementación constante de promociones y ofertas semanales.
“Aguantamos como se puede, lo peor es que nos acostumbramos a esta realidad. Los clientes piden de todo, pero compran la tercera parte de lo que se llevaban el año pasado“, expresó un carnicero de la ciudad.
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El desplome del consumo interno de carne vacuna —señalado en recientes informes de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes (CICCRA)— generó un cambio histórico en los hábitos alimentarios del país: por primera vez en la historia, el pollo se convirtió en la principal proteína de la mesa argentina, alcanzando un consumo cercano a los 50 kilos anuales por habitante.
Esta migración masiva responde a una diferencia de precios insoslayable: un kilo de carne vacuna equivale actualmente a más de tres kilos de pollo entero. Para adaptarse, los carniceros tradicionales debieron reconvertirse a la fuerza, ampliando sus góndolas para ofrecer más avícolas y porcinos con el fin de evitar que la mercadería ganadera se venza en las cámaras frigoríficas.
El impacto de la inflación y la dispersión de precios convirtieron a la tradicional parrillada familiar en un desembolso significativo para el presupuesto de los hogares. Hoy, organizar un asado completo y abundante para cuatro o cinco comensales requiere una inversión cercana a los $85.000.



















