Por Leo Lettieri para Monte al Día
El tablero político del peronismo atraviesa una fase de reconfiguración silenciosa pero implacable. En el centro de este huracán se encuentra Axel Kicillof. Con el sillón de la Gobernación bonaerense como principal trinchera de la oposición, el mandatario busca posicionarse como la figura natural para encabezar una alternativa nacional en 2027. Sin embargo, la construcción de ese liderazgo choca con una encrucijada estructural: la falta de consenso interno y un patrón de relacionamiento con el instituto patria que recuerda, inevitablemente, los momentos de mayor vacilación del gobierno de Alberto Fernández.
Kicillof transita un fino equilibrio institucional y político. Por un lado, mantiene un enfrentamiento soterrado pero innegable con Cristina Fernández de Kirchner y la cúpula de La Cámpora, conducida por Máximo Kirchner. Por el otro, esquiva cualquier movimiento que implique una ruptura definitiva.

Esta postura intermedia genera fricciones en ambos frentes. En el plano judicial, el mandatario provincial defiende tibiamente a la exmandataria en sus frentes judiciales, calificando la situación como una persecución o inhabilitación injusta, pero sus colaboradores más cercanos —como el ministro de Gobierno, Carlos Bianco— marcan distancia analítica al señalar la viabilidad o no de las estrategias internacionales de su defensa. En el armado territorial, Kicillof avanza con su propio sello, el Movimiento Derecho al Futuro (MDF), reclutando intendentes y dirigentes alejados del dispositivo camporista, pero sin consultar la mesa chica de la expresidenta.
Milei y Kicillof frente al 2027: techos electorales bajos y una polarización perfecta
El resultado es un escenario en el que el gobernador avanza con su proyecto autonómico prescindiendo de la venia de Cristina, pero al mismo tiempo necesita retener el piso electoral histórico del kirchnerismo duro para sostener cualquier aspiración competitiva.

El plenario de Avellaneda, bajo la consigna del “Derecho al Futuro”, estaba llamado a ser la plataforma de despegue definitivo de su candidatura. Ante miles de militantes e intendentes que exigían una definición contundente, el mandatario optó por una retórica moderada: “Cuenten conmigo para que el año que viene la Argentina tenga una alternativa“, sintetizó Kicillof, en una frase pensada para no clausurar puentes, pero que dentro de la interna resonó como una postura tibia ante el clamor de quienes le piden asumir la conducción formal del espacio.
El dilema de Kicillof no es solo de liderazgo, sino numérico y territorial. La Cámpora y el núcleo cristinista retienen una influencia clave en las estructuras del Conurbano bonaerense. Romper abruptamente con ese espacio significaría fragmentar la base electoral sobre la que se asienta su propia gestión. Para proyectarse nacionalmente, Kicillof apela a “componer nuevas canciones” y construir un peronismo más amplio, capaz de dialogar con gobernadores provinciales, el massismo y los sectores del PJ tradicional que rechazan la conducción porteña o bonaerense del movimiento.
La física criolla del peronismo: entre el milagro de la unidad y el fantasma de la fractura
Lo cierto es que, para convertirse en el candidato incontestable de la oposición en 2027, Axel Kicillof deberá resolver en el corto plazo su principal encrucijada: definir si su proyecto es una continuidad corregida del kirchnerismo o si está dispuesto a liderar una verdadera etapa de renovación en el peronismo, asumiendo los costos políticos que esa decisión conlleva.



















