Por Leo Lettieri para Monte al Día
El calendario político argentino ya proyecta su mirada hacia las elecciones de 2027, ubicando al presidente Javier Milei y al gobernador de Buenos Aires, Axel Kicillof, como los principales antagonistas del escenario nacional. Sin embargo, los últimos datos de la consultora Zentrix revelan que ambos enfrentan un desafío estructural: ninguno logra alcanzar el 30% de los votos seguros y ambos arrastran niveles de rechazo que complican sus proyecciones de crecimiento.
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El análisis de los números duros muestra una paridad en los núcleos fidelizados. Milei alcanza un 28,3% de voto seguro (con una mejora interanual de 1,8 puntos), mientras que Kicillof se ubica en el 27,1% (un alza de 1,2 puntos). El verdadero peso de la elección recae sobre las resistencias: el 59,3% del padrón afirma que “jamás votaría” al actual jefe de Estado, mientras que un 50,4% mantiene esa misma postura inamovible frente al mandatario provincial.

Al desglosar el comportamiento de los votantes indecisos o potenciales, las arquitecturas electorales de ambos dirigentes muestran naturalezas distintas. El Presidente cuenta con un núcleo más firme pero acotado: su potencial total es del 37,3% (sumando un 9% de votantes probables), y tres de cada cuatro de esos votos ya están completamente decididos. Por su parte, Kicillof exhibe un techo potencial más amplio (47,8%) gracias a un 20,7% del electorado que “podría votarlo”, pero con una composición más frágil, ya que apenas poco más de la mitad de ese caudal está confirmado. Esta reserva electoral del gobernador se asienta fuertemente en el segmento joven, donde el 36,9% admite la posibilidad de apoyarlo.
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Este ajedrez electoral se desarrolla sobre un tejido social atravesado por el malestar financiero. El estudio perfila un clima dominado por la incertidumbre, donde el 57,4% de los consultados se declara “pesimista” sobre el futuro del país, frente a un 34,3% de optimistas. Las demandas ciudadanas se concentran casi con exclusividad en la economía real: ingresos y salarios (50,1%), incertidumbre económica (49,8%), desempleo (40,9%), corrupción (39,6%) y tarifas de servicios públicos (35,2%).

La encuesta subraya una disociación llamativa entre la experiencia individual y la proyección colectiva. Mientras un 39,3% evalúa negativamente su propia situación económica, la cifra trepa al 61,5% al calificar la del país, evidenciando que el malestar se proyecta con mayor virulencia sobre el panorama macroeconómico que sobre el bolsillo propio. A su vez, la percepción de la carrera entre los precios y los salarios expone una fuerte grieta partidaria. Entre el electorado opositor, el 97% afirma que sus ingresos pierden contra la inflación. En el oficialismo, casi un tercio (31,8%) percibe que su salario acompaña el aumento de precios, pero una clara mayoría del 59,1% (apenas por debajo del 61,2% registrado en agosto) reconoce que sus ingresos no logran recomponerse.
La radiografía demográfica confirma que la disputa entre Milei y Kicillof no es una pelea por el centro político, sino la consolidación de dos modelos que no se cruzan. La imagen positiva del gobernador bonaerense dibuja una diagonal clara: crece a medida que desciende el poder adquisitivo (17,4% en la clase alta, 30,4% en la media y 49,3% en la baja), encuentra mayor apoyo entre las mujeres (45,1% frente al 30,7% en varones) y sube con la edad de los encuestados (34% entre los jóvenes y 40% en mayores de 60).

Justamente allí donde el líder libertario encuentra sus bases más sólidas —varones, jóvenes y sectores de mayores ingresos— el gobernador bonaerense topa con su límite electoral, y viceversa. Esta asimetría perfecta indica que el actual escenario político no enfrenta a dos candidatos compitiendo por un mismo electorado pendular, sino a dos figuras que encarnan los polos opuestos de un clivaje social, etario y de género profundamente arraigado en la Argentina.


















