La provincia de Buenos Aires enfrenta un nuevo y doloroso capítulo en el avance del hantavirus. El fallecimiento de Mía Celeste Rodríguez, una niña de apenas 10 años, ocurrido el 8 de enero de 2026, se convirtió en el cuarto deceso confirmado por esta zoonosis en las primeras semanas del año, generando profunda conmoción en la comunidad y renovando el llamado a extremar las medidas preventivas.
La pequeña vivía en el paraje rural Chas, jurisdicción de General Belgrano, una zona donde el municipio activó de inmediato un operativo de bloqueo sanitario que incluye intensas tareas de desmalezamiento, fumigación y desratización para controlar la población de roedores silvestres, principales reservorios del virus.
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Según el comunicado oficial emitido el 9 de enero por la Secretaría de Salud municipal, el caso fue manejado “siguiendo estrictamente los protocolos vigentes”, en coordinación con las autoridades sanitarias provinciales y con registro en el Sistema Integrado de Información Sanitaria Argentino (SISA). Las autoridades expresaron su acompañamiento a la familia y enfatizaron que el hantavirus no se transmite por contacto social cotidiano ni de persona a persona en las variantes predominantes en la región.
La principal vía de contagio sigue siendo la inhalación de aerosoles contaminados con orina, heces o saliva de roedores infectados, especialmente el ratón colilargo (Oligoryzomys longicaudatus), común en ambientes rurales.

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