Por Leo Lettieri
La noche del 26 de octubre, La Libertad Avanza (LLA) se consolidó como primera minoría nacional con el 40,6% de los votos, relegando al peronismo a un 31,7%. En la provincia de Buenos Aires, el distrito decisivo (donde el peronismo se impuso por 14 puntos de diferencia sobre LLA el pasado 7 de septiembre), LLA obtuvo el 41,5% frente al 40,8% de Fuerza Patria, lo que se tradujo en 17 bancas para los libertarios y 16 para Fuerza Patria.
La participación electoral, de apenas el 67%, marcó el registro más bajo desde 1983. Esta deserción reflejó la apatía de un electorado tradicional, agotado por la crisis económica, la desilusión y la ausencia de una narrativa peronista capaz de capitalizar el deterioro salarial y el endeudamiento familiar.

La supuesta unidad peronista, frágil desde el inicio del proceso, se deshilachó por completo. La campaña alternó el efímero entusiasmo post-triunfo del 7 de septiembre con las cicatrices de internas y una coordinación deficiente en todos los niveles. Esta dispersión favoreció el mensaje libertario de “estabilidad” e inflación a la baja (a lo que se debe sumar el discurso antiperonista de “no volver al pasado”), que dominó el debate nacional.
Axel Kicillof intentó una estrategia dual: gestión provincial con toques proselitistas. Funcionó mejor en lo local, con mayor involucramiento de intendentes, pero no alcanzó para contrarrestar el caos nacional.
El Frente Renovador de Sergio Massa impulsó la conciliación entre kicillofismo y La Cámpora. Sin embargo, la derrota desencadenó recriminaciones inmediatas: el camporismo culpó al gobernador por desdoblar los comicios. En el búnker platense, apenas una hora después del revés, fueron testigos del baile de Cristina Kirchner en medio del desconcierto, un gesto que avivó tensiones.
Días después, la expresidenta recurrió a sus clásicas cartas públicas —un eco de las enviadas a Alberto Fernández— para presionar. El texto desató la ira de intendentes bonaerenses, hartos de La Cámpora y dispuestos a una ruptura que pondría en jaque a Fuerza Patria.
El cismo se contuvo temporalmente en una reunión en Berazategui: Kicillof reunió a jefes territoriales, encauzó su Movimiento Derecho al Futuro en el Presupuesto provincial y esbozó una alternativa “amplia y federal” con él como presidenciable.
Intendentes peronistas cierran filas con Kicillof tras la carta de Cristina

Más allá de las pugnas internas, la agenda económica selló el destino: caída del salario real y deuda hogareña dominaron, pero el peronismo falló en transformarlos en un relato movilizador. Fue, en esencia, un plebiscito al gobierno de Milei.
La dispersión geográfica se agravó con la marginación de intendentes en las listas nacionales. El 7 de septiembre demostró su peso como músculo bonaerense, pero fueron eclipsados por figuras de magro desempeño.
El camino adelante exige reconstrucción: contener fracturas, robustecer la estructura territorial y forjar liderazgos frescos para desafiar el relato liberal. Estas legislativas evidenciaron que el peronismo no sobrevive con nostalgia o aparato tradicional. Cada distrito, voto y mensaje contará de ahora en más para aspirar al poder en 2027.


















