El Carnaval es una de las fiestas populares más antiguas y extendidas del mundo. En Argentina, tiene una historia propia que mezcla tradiciones europeas, raíces africanas e influencias indígenas, y que sobrevivió a prohibiciones, cambios políticos y dictaduras.
Desde la época del Virreinato del Río de la Plata, ya se celebraba con bailes de máscaras en salones privados y juegos con agua en las calles, como arrojar baldes desde los balcones o huevos ahuecados. Estas fiestas generaban tanto alegría como tensiones con las autoridades: durante el gobierno de Juan José de Vértiz, se intentó limitar los festejos a lugares cerrados y se castigaba el uso de tambores, muy vinculados a la comunidad afrodescendiente.
Más adelante, Juan Manuel de Rosas prohibió el Carnaval por decreto, aunque la fiesta nunca desapareció del todo y volvió a autorizarse en 1854. En el siglo XIX, Domingo Faustino Sarmiento impulsó los corsos oficiales: inspirado en los carnavales italianos y las máscaras venecianas, organizó el primer corso oficial en Buenos Aires en 1869.
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Con la llegada masiva de inmigrantes españoles e italianos a fines del siglo XIX y principios del XX, llegaron nuevos ritmos, vestimentas y estilos. Las comparsas de candombe dieron paso a las murgas porteñas, que marcaron la identidad de los barrios.
En el siglo XX, lugares como el club Comunicaciones en Agronomía se convirtieron en escenarios famosos, donde figuras como Sandro animaban bailes multitudinarios con disfraces y música como protagonistas.
Sin embargo, en 1976 la última dictadura militar eliminó los feriados de Carnaval del calendario oficial mediante decreto, lo que afectó los corsos y golpeó fuerte a esta tradición popular.
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Con el regreso de la democracia en 1983, las murgas empezaron a reorganizarse en los barrios. Finalmente, en 2010 se restituyeron los feriados nacionales de lunes y martes de Carnaval. Esta medida devolvió el carácter oficial a la fiesta y reconoció su valor cultural.
Hoy el Carnaval argentino es muy diverso: desde los corsos barriales en la Ciudad de Buenos Aires, las comparsas espectaculares de Entre Ríos y Corrientes, hasta las celebraciones del Noroeste. Murgas, comparsas y corsos siguen siendo el corazón de una manifestación que explica por qué el Estado decidió recuperarla como parte del calendario oficial: es una expresión de identidad, alegría popular y resistencia cultural que une a todo el país.

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